Perfectamente Imperfecta (Capítulo 1)- Melanie Alexander

noviembre 25, 2014

Capítulo 1



Lorraine como todos los días se hallaba en su despacho habilitado en el edificio dónde estaban todos los departamentos de su empresa, en pleno centro de Barcelona, rodeada de un equipo que hacía un exquisito trabajo para sacar adelante su pequeño imperio. No se podía decir que fuera un barrio barato, más caro era Pedralbes, dónde se hallaba su vivienda, pero ella con mucho esfuerzo e inversiones, podía permitírselo y vivir de la manera que quisiera y cómo quisiese sin tener que dar explicaciones a nadie. 
A sus veintiséis años se había transformado en una joven promesa en el mundo empresarial y tenía en su poder una magnifica cadena de tiendas de cosméticos y perfumería con su nombre, que poco a poco, se iba instalando en diferentes partes de España y distribuyendo los productos vía Online para el resto del mundo gracias a Internet.
Todo lo había conseguido gracias a su inteligencia a la hora de invertir el dinero de una herencia, que su padre le dejó cuando murió y no hubiera podido salir adelante sin el apoyo de su gran amiga Margarita, Maggie para los amigos. Su nombre real era algo que no le gustaba recordar porque decía que era poco glamoroso, por eso lo adaptó al idioma anglosajón. Conocía a su amiga desde que eran dos enanas en el colegio, convirtiéndose desde entonces, en inseparables. Y juntas emprendieron la gran andanza de Lorraine cuando ella decidió crear su propia empresa. 
Era una chica excepcional, deslumbrante y que se llevaba a los chicos de calle solo señalándolos con el dedo. Nunca había tenido problemas para ligar. Justo al contrario que ella.
El teléfono sonó sacándola de sus pensamientos. Parecía que Maggie se hubiese enterado de que su mente estaba invocándola y tenía que interceder para distraerla de sus bamboleantes pensamientos con algo de su humor dicharachero.
—¡Hola caracola!
—Hola Maggie —contestó Lorraine sonriéndole al aparato —. ¿Qué tal va por la tienda?
—Perfectamente. La gente esta loca por tus productos, señorita Estévez. El gloss de purpurina está teniendo un efecto arrollador entre las féminas. Vas a tener que reponerme, porque el color naranja melocotón ha triunfado más de lo que pensabas.
Maggie, a parte de ser su mejor amiga, era la encargada de la tienda situada en la calle Pelayo, una de las más transitadas que tenía en Barcelona y la que más beneficios le daba. Por eso, quien mejor para llevarla que su amiga del alma desde parvulario y con la que había pasado todos los buenos y malos momentos de su vida. Ella era su apoyo más grande y por nada del mundo la perdería. Eran uña y carne. Lo más valioso que tenía en su vida.
—De eso se trata señorita Ríos. Porque si usted no vende, a la puta calle.
—¡Sí, ya! ¿Y qué ibas a hacer tú sin mí? —bromeó.
—Estresarme menos, cotorra. Además, ¿qué haces que no estás trabajando? —la reprendió. Lorraine acababa de entrar en el modo jefa-tocapelotas.
—Llamarte para decirte que ésta noche, tú y yo, nos vamos a la Ovella Negra a tomar algo. Es viernes y mañana es fiesta, así que, mueve tu culo gordo para buscarme, volvemos a tu casa a arreglarnos y nos vamos a la Ovella para que ligotees un poco con los maromos sexys.
Lorraine bufó.
Lo cierto es que no le apetecía demasiado la idea, por no decir nada de nada. La Ovella Negra era un bar frecuentado por rockeros y heavys sedientos de cerveza que se reunían allí a escuchar una música ensordecedora que ella no soportaba desde que iba al instituto, y ligotear, no entraba en sus planes, tenía novio y Maggie también.
Ese no era su ambiente. A ella le gustaba más ir a la discoteca Bora Bora de Sabadell, donde la música que ponían era algo más comercial, —que tampoco acababa de gustarle del todo— pero al menos allí no desentonaba con sus ropas caras, elegantes pero a la vez sensuales y con mucho estilo. Adoraba ir a la última moda. Como empresaria que era, —y además de cosméticos que presentaba en múltiples desfiles de modelos famosos— la imagen era algo obligatorio en su vida y siempre debía ir correctamente vestida a cualquier parte. Había luchado mucho por mantener su imagen, nadie podía imaginarse cuánto y el camino jamás estuvo lleno de rosas. No se consideraba superficial, solo se amoldaba a lo que la sociedad quería en una mujer. Las curvas no se llevaban. La delgadez extrema era lo que el mundo consideraba bonito.
Ella no lo compartía, sin embargo, quería ser así.
—No sé, Maggie. Ese sitio no me gusta. ¿No será qué quieres ver a Ethan y estás intentando arrastrarme como excusa para que no quede hoy con Tristán? Porque perdona que te diga, para hacer de candelabro me voy a casa y me pongo una película, o llamo a Tristán para que venga a verme.
Ahora fue Maggie la que bufó al otro lado de la línea.
Tristan era el novio, —si se le podía llamar así a un hombre que dedicaba su vida a trabajar— de Lorraine. Un fantástico abogado con un bufete propio y muchos clientes a los que defender que ocupaban la mayor parte de su tiempo y su vida, y que poco a poco, iba alcanzando la fama gracias a que Lory solía aparecer en los medios de comunicación por participar en diversos proyectos donde patrocinaba sus productos.
Siempre tenía algo que hacer, y aunque llevaba cuatro años saliendo con Lorraine, no se veían tanto como le gustaría, por eso Maggie siempre se las ingeniaba para sacarla de casa y que no pensara en ese capullo. Además, dejarla sola mucho tiempo no le gustaba, siempre tenía que estar encima de ella para vigilarla y que no se hundiera una vez más. Era imposible esconder lo mal que le caía Tristán. Su amiga siempre esperaba impaciente para salir con él, pero en cientos de ocasiones la dejaba plantada por el trabajo cuando ya estaba lista, y eso, poco a poco, decaía más el ánimo de Lorraine y empeoraba de vez en cuando su situación.
—Déjate de Tristán y de películas. Vas a salir y no hagas que me enfade. Quiero que me vengas a buscar y vayamos a tu casa para arreglarnos, así que espabila nena, que el tiempo es oro y yo tengo que venderlo para sacarme una fortuna.
—Sí, sargento — bufó de nuevo. 
Cuando a Maggie se le metía algo en la cabeza, sacárselo era misión imposible. 
“Ten amigas para esto” pensó con sarcasmo.
Tras decirle por enésima vez que sí que iba a ir con ella, colgó el teléfono. Tenía la oreja ardiendo de los discursitos interminables que soltaba. No entendía por qué después de cuatro años Maggie seguía sin tragar a Tristán.
Tristán Gutierrez era el único hombre que había demostrado sentir algo por ella en mucho tiempo. Su vida amorosa no era demasiado extensa, por no decir nula. 
Cuando iba al instituto estaba más pendiente por estudiar, sacar buenas notas y pasar desapercibida, que estar por la tarea de fijarse en los niñatos de su entorno. El único error en su vida del cual se arrepentía, era de haber cambiado esa filosofía de vida con él...aquel al que no quería ni nombrar, como si fuera Lord Voldemort. El único por el que descuidó sus estudios hasta el punto de suspender todas las asignaturas para acabar humillada delante de toda la clase.
Habían pasado nueve años de aquello, pero todavía recordaba la humillación y el dolor que sufrió en cuanto la dejó como una mierda delante de prácticamente todo el instituto. Le costó muchos años recuperarse. Mucha terapia y muchas noches llorando en silencio mientras su madre veía el televisor en el salón de su antigua casa, ignorante de por lo que su hija estaba pasando. Jamás sintió apoyo por su parte porque ella también había causado muchos de sus problemas.
Durante la adolescencia, por alguna razón que es explicada científicamente como la edad del pavo, los adolescentes son gilipollas. Esa es la realidad, y Lorraine, a pesar de ser una chica responsable, tampoco se libró de vivir esa época en la que sus hormonas iban por delante de todo lo demás. 
Se levantó de la silla de su despacho para ir al baño a lavarse las manos y así dejar de pensar de una vez por todas en aquello. Intentaba mantenerlo alejado de su cabeza, pero casi siempre aparecía. Quedó clavado en su interior de por vida a pesar de haberse recuperado casi por completo. No todo lo que conllevó su situación podía arreglarse con rapidez, y a veces, aun sufría.
Delante tenía un espejo en el que se reflejaba su imagen, pero en ese momento estaba viéndose como aquella adolescente que fue: la chica gordita de la clase a la que todo el mundo insultaba por diversión, sin pararse a pensar en sus sentimientos, ni en lo que esos insultos le depararían en el futuro. 
Esa era ella.
Ahora que habían pasado los años su constitución había cambiado mucho, ya no era la gordita de clase, ahora tenía sus curvas pronunciadas que la hacían esbelta. No era un palo seco como su amiga Maggie que lo único que se le veían eran tetas, pero tampoco le faltaba demasiado para estar demasiado delgada según su constitución, o eso decía su psicóloga. Lory siempre quería quitarse kilos de encima. Su imagen era lo primero. No se veía como todo el mundo la veía. Siempre se veía peor de lo que en realidad estaba.
En los tiempos que corrían la mayoría de los hombres se fijaban en las mujeres llamadas palos que utilizaban tallas que incluso podrían caberle a una niña de diez años. Ya no apreciaban las curvas ni los cuerpos con algo de grasa. 
Por desgracia, la sociedad consumista en la que vivimos, ha creado un estereotipo de mujer como la mujer perfecta, cosa que hace que las que supuestamente no lo son, luchen día a día por conseguirlo, porque sino, creen que no serán felices. Los complejos los creaban ellos, la gente que se influencia de lo que se dice que es la perfección.
Patético…
No obstante, la belleza no se hace adelgazando hasta el punto de la anorexia. La belleza, aunque suene a tópico, está en el interior. El envoltorio es lo de menos. 
Lorraine lo sabía, pero ella misma había caído en las redes de intentar ser una mujer bella, delgada, perfecta…Por mucho que ese tópico fuese utilizado por todos para subir los ánimos de nuestra gente cercana, poca gente lo cumplía. La sociedad era la que era y no había forma de cambiarla así como así. 


Cuando terminó todo el trabajo pendiente y comunicó al departamento de compras las cosas que necesitaban en la tienda de Pelayo, se marchó hasta su casa. El día se le había pasado volando y Maggie ya estaría en su casa rebuscando entre la ropa algo que ponerse a pesar de que le había dicho que pasara a buscarla.
Abrió la puerta de su precioso dúplex en Pedralbes y allí estaba su amiga, repanchingada en el sofá viendo la televisión mientras bebía una Coca cola, no había mucha cosa en la nevera.
—Llegas tarde. Vamos, vamos, es hora de arreglarnos.
La arrastró hasta la habitación, donde por supuesto, ya tenía preparada en la cama la ropa que había elegido para su amiga y ambas se vistieron.
Maggie iba con un vestido muy sexy que le quedaba como un guante, de color negro, escotado en uve. Enseñaba demasiado, pero dado al sitio que iban esa informalidad era exquisita. Lorraine por otro lado, no iba a quitarse su estilo sexy pero a la vez elegante. Eligió una falda de tubo y una camiseta lila escotada que conjuntó con un chal negro y se dejó el pelo suelto, dejando que sus ondulaciones marrones viajaran libres hasta casi sus caderas. 
—¡Estás preciosa! —la alabó Maggie —. Aunque allí no necesitas ir tan arreglada.
—Lo sé. Pero me gusta dar el cante —sonrió.
Ambas se subieron a unos zapatos de tacón de infarto y salieron por la puerta de la habitación para tomar algo en la cocina antes de salir. Maggie obligó a Lory a cenar algo, no demasiado porque no le entraba aunque quisiera. Tenía la manía de no hacerlo y su amiga siempre estaba allí para luchar contra ello. Debía alimentarse bien para tener fuerzas en el día a día.
Cogió sus llaves y juntas salieron hasta el tesorito de Lory; su coche, un precioso Porsche rojo mate con el que se dirigirían hasta la calle Tallers, el lugar donde se encontraba la Ovella Negra.
Nada más entrar las miradas de aquellos hombres con sus chaquetas de cuero, sus chapas de grupos de música Heavy y sus barbas pobladas, se las quedaron mirando. Destacaban mucho en ese ambiente. A pesar que ya hacía tiempo que iba todo tipo de gente que no tenía nada de rockero, siempre sería su lugar. 
Había dos plantas. En la de abajo se congregaban una serie de mesas de madera e incluso barriles como de taberna antigua, donde los inquilinos bebían cervezas sin parar. Se dirigieron a una situada a unos metros de la barra a la derecha del local, ocupando toda la extensión. Durante unos minutos estuvieron en silencio observando todo a su alrededor.
—¡Oh, oh! —Maggie se quedó con la boca abierta al ver en la barra a una persona que hacía demasiado tiempo que no veía.
¿Qué hacía él ahí?
—¿Qué pasa? —preguntó Lory —. ¿Te has arrepentido de haberme traído a este antro? Por que acabo de llegar y ya estoy deseando irme. Aquí no pinto nada y menos para hacer de aguanta velas con Ethan, que para variar ni siquiera ha llegado. ¡Menuda puntualidad! —se quejó.
¿Se lo decía o no se lo decía? ¡Maldita sea! La verdad es que sí que se estaba arrepintiendo un poco de haberla llevado. ¿Cómo iba a imaginarse que él estaría justo ahí? ¿No se suponía que vivía en Londres?
Aquello era un inmenso contratiempo del cual no quería saber nada. Temía la reacción de Lorraine al respecto. Hacía mucho que no lo veía pese a que siempre estaba presente en su vida y sus recuerdos. El tuvo parte de culpa en muchas de las cosas que le pasaron cuando comenzó con su problema. Hubo muchos factores que “ayudaron” a desarrollar todo eso en su cabeza, pero Lory siempre lo culpaba a él de todo y no debía ser así. El rencor que le guardaba llevaba arrastrándolo durante muchos años y ni su psicóloga era capaz de desviarla de ese camino.
—Sé que vas a desear matarme por traerte aquí y más cuando te enseñe lo que acabo de ver, pero…mira quién hay ahí.
Lory miró donde Maggie le señalaba, justo en la barra. Había un camarero moreno con el pelo largo recogido en una coleta y camiseta negra limpiando un vaso de forma distraída. Parecía muy sexy y tuvo la oportunidad de observar un resquicio de su respingón trasero.
¿Por qué iba a matar a su amiga? Al menos, se alegraba un poco la vista.
—Está bueno el chaval, pero…¿por qué iba ha querer matarte? —preguntó confusa.
—Fíjate bien cuando levante la vista de la copa que está limpiando.
Cuando levantó la vista y se lo encontró de frente, un nudo comenzó a formarse en su estómago, queriéndoselo estrujar hasta provocarle náuseas y vomitar.
¿Estaba teniendo una alucinación? ¿Su mente era tan traicionera que todo le recordaba a él?
—No, por favor. ¿No se marchó hace años a su maldita y querida Inglaterra? — gruñó frustrada por tener que presenciar después de tanto tiempo a su demonio particular, que para su propia desgracia, cuando tenía quince años significó mucho más para ella de lo que él jamás se pudo llegar a imaginar.
—Pues al parecer ha vuelto — respondió Maggie apenada por su amiga —. ¿Quieres que le pegue?
Lorraine por mucha tensión que acumulaba en aquellos instantes, logró sonreír ante el ofrecimiento de su mejor amiga. Por supuesto ganas no le faltaban de pegarle, pero su psicóloga le había dicho una y mil veces que el pasado y los malos recuerdos, debían dejarse atrás. Sin rencores. Sin ira acumulada durante años. Sin embargo, era algo que no lograba conseguir aunque lo intentara una y otra vez al cien por cien. Sufrió mucho durante aquella época en la que siempre se complicaban las cosas y seguía haciéndolo al recordarlo, a pesar de que Zackery no había sido el único que influyó en su vida para tener esa enfermedad, de la que poco a poco, se iba deshaciendo con la ayuda de los profesionales y Maggie. 
Su familia no hacía nada por ella.
El momento más temido durante años llegó, cuando, al sentarse al fin en una de las mesas de aquel local y acomodarse, Zack se acercó con paso ligero, una libreta en mano y sonriendo enseñando sus perfectos dientes blancos para tomarles nota a sus dos nuevas clientas.
“De los tres camareros que hay, no podría haber venido otro. No. Tenía que ser él” pensó furiosa. La suerte no estaba de su parte. 
Con lo bien que había comenzado su día, sabía que iba a terminar de forma desastrosa para su integridad mental.
—¿Qué os pongo chicas?
Él ni siquiera reparó en ellas hasta que Maggie, con su descaro habitual, se lo quedó mirando y por el rostro de Zack pasaron un montón de expresiones a la vez del todo indescifrables, hasta que recobró la compostura y logró articular palabra.
—¡Margarita! ¿Margarita Ríos? ¿Eres tú? —preguntó asombrado.
—La misma que viste y calza. Pero me llamo Maggie y como se te ocurra volver a llamarme Margarita, te arranco los huevos de cuajo y me hago un collar con ellos. ¿Me entiendes? —le vaciló con una sonrisa socarrona. 
Maggie no se estaba portando de forma muy educada, pero dado el sufrimiento que pasó por ver a Lory durante tanto tiempo mal, no le importó. Sacaba a la defensora de la justicia que llevaba dentro y no había quien la parara.
—Veo que no has cambiado ni un pelo —ironizó.
—Lo bueno es siempre bueno —se burló de nuevo.
Zack no entendía el arrebato de ira de aquella chica. En el instituto no fueron nunca demasiado amigos y la cosa no acabó nada bien cuando ocurrió todo. Todavía recordaba a esa chica todos los días y todas las noches, Lory.
“¡Qué idiota fui!” Pensó amargamente.
No mereció la pena que ocurriera todo aquello por culpa de su arrogancia adolescente, creyendo una mentira que había acabado con una bonita relación. Así fue como tiró a la basura lo único bonito que tuvo en aquella época y se comportó como el macarra que aparentaba ser.
Desechó de su mente los pensamientos dolorosos y observó a la chica que acompañaba a Maggie. Tenía la cabeza gacha, mirando con fijeza la mesa como si allí hubiese algo muy interesante. No parecía ser del estilo de mujeres que se sintiera cómoda estando en un local donde la música Heavy, los moteros y macarrillas de turno se juntaban para pasar el rato. Al contrario, parecía sacada de una revista de moda tipo Vogue, con sus ropas elegantes y su estilo refinado. A pesar de que no la veía demasiado bien, sus ojos se fijaron con atención en el escote que sobresalía de aquella ceñida camiseta morada. ¡Tenía una buena delantera! Y esa camiseta que se los realzaba no ayudaba a que no se fijase de forma muy obscena en ella.
Maggie al notar como Zack la miraba frunció el ceño. Se la estaba comiendo con la mirada.
“Cuando descubra quién es me parece que se le van a quitar las ganas de mirar tanto”, pensó con un poco de maldad.
—¿Qué te pongo, preciosa? —preguntó seductor a la chica misteriosa e ignoró por completo a Maggie. Estaba deseando que alzara el rostro para comprobar si era tan bonita como parecía. Aun podía llevarse una desilusión, pero quería descubrirlo.
Lorraine dio un respingo. Aquella voz siempre le producía una extraña corriente eléctrica por todo su cuerpo. Era más grave de cómo recordaba, pero igual de atrayente. Tenía miedo de incluso mirarlo a la cara. 
Su demonio con cara de ángel.
Soltó un pequeño suspiro y se armó de valor al sentir como Maggie bajo la mesa le daba un apretón en el muslo para insuflarle la energía suficiente para enfrentarse a sus miedos.
Zack vio como la chica poco a poco levantaba la cabeza, con extrema timidez. Él sonrió hasta que se dio cuenta de quién era y no pudo más que quedarse maravillado ante lo preciosa que estaba. 
¿Estaba soñando? 
Nunca hubiera imaginado que volvería a verla. 
Durante varios segundos en los que ni siquiera habló, lo pensó fríamente y tampoco le parecía tan descabellado. Maggie había sido su mejor amiga en el instituto, era probable que aun mantuvieran esa amistad. Siempre habían estado muy unidas.
—¿Lory? —preguntó boquiabierto.
Por primera vez en diez años, Lory lo veía y no podía negar que su atractivo se había multiplicado con creces. Su pelo negro como el tizón lo llevaba recogido en una coleta a mitad de la cabeza. Iba vestido todo de negro con una cazadora motera con tachuelas y debajo una camiseta que se ceñía por completo a sus músculos de color negra, con cuello en uve, que contrastaban a la perfección con aquellos ojos verdes enormes. En la parte inferior, llevaba unos pantalones tipo cuero, conjuntados con unas botas moteras con una calavera en el lateral. Lo estudió de arriba abajo unas cuantas veces. Su vestimenta complementaba a la perfección con su actitud chulesca, que al parecer, seguía sin haber desaparecido de su personalidad. ¡Estaba tremendo! Era imposible pensar en otra cosa cuando se le tenía delante.
—Zeta… —musitó casi en un susurro llamándolo por su antiguo apodo. 
¿Seguiría usándolo?
—¡Dios! Estás…estás espectacular —exclamó efusivo con ganas de lanzarse a darle un fuerte abrazo.
Lory frunció el ceño y pensó en lo que había tenido que sacrificar para estar cómo estaba. Aunque le gustaba su nueva imagen, —dependiendo del día— nunca se sentía satisfecha consigo misma. Su baja autoestima no le ayudaba demasiado.
Zeta vio como Lory se debatía en su interior con qué decir. Hacía tanto tiempo de aquello, que esperaba que ya no le guardara rencor, pero al parecer aun había algo que la hacía dudar.
Sentía el deseo irrefrenable de abrazarla y darle dos besos como dios manda, pero parecía no estar por la labor. El tiempo se había parado para aquellos dos amantes del pasado. Quedando solos en el lúdico local, sin oír el choque de los tacos en las bolas de billar, ni los gritos de aquellos que celebraban un gol de molinillo en el futbolín. Solo sus respiraciones parecían ser el sonido principal. Lory oía su propio corazón retumbando con fuerza en su interior a cien por hora. Volvía a ser como aquella chiquilla que un día fue en el instituto y se dejó seducir por él en solo un instante.
—Ven a darme un abrazo, ¿no? Hace tanto que no nos vemos…
—Una hostia debería darte… —inquirió Maggie con recelo, metiéndose en la conversación muda que aquellos dos estaban intentando llevar a cabo.
Zack acababa de recordar que la defensora de la justicia de Lory seguía allí, pero estaba tan prendado que ni se inmutó de su presencia.
—Maggie, cállate—la censuró Lorraine.
Después de mucho pensarlo se levantó de su sitio para no parecer maleducada, tragándose sus sentimientos y su orgullo durante unos momentos, dejando atrás el pasado para intentar vivir el presente. A pesar que deseaba que eso no estuviera ocurriendo.
Zeta recibió el abrazo un tanto frío de Lory con los brazos abiertos, desechando cualquier otro pensamiento que no fuese el de sentirla entre sus brazos después de tanto tiempo y disfrutó del momento de un reencuentro en el que durante esos diez largos años de separación, siempre imaginó. Se sentía como el adolescente que un día fue. Solo que había madurado y ahora entendía todos los errores que cometió y que nunca logró remendar. Lorraine desapareció de su vida de forma tan repentina que nunca pudo pedirle perdón por todo lo que le hizo.
Jamás tuvo la oportunidad de redimirse, porque después de que pasara un mes de romper con Lory, regresó a Inglaterra con su abuelo porque su padre estaba muy enfermo. Hacía menos de un año que había vuelto de nuevo a España. Así que no hubo ningún acontecimiento que estuviera de su parte para enmendar sus errores del pasado y el tiempo había pasado sin haberlos solucionado.
¿Será esto una señal del destino?, se preguntó a sí mismo mientras continuaba con Lory entre sus brazos.
Lory, aunque quería negárselo a sí misma manteniendo un abrazo seco, sentía anhelo y al final lo abrazó de verdad. Su subconsciente quería traicionarla, pero no se dejaría vencer. Ya no era aquella niña tonta.
Había cambiado, y mucho.
—Qué alegría verte… —le susurró Zack al oído mientras inhalaba su fragancia. Olía a alguna colonia cara que él no reconocía porque no era experto en esas cosas, pero le encantaba ese olor, como afrutado.
—Vaya, vaya, Zeta. Veo que no pierdes el tiempo con las amigas de mi novia. —Ethan, el novio de Maggie, apareció justo en el momento oportuno, ya que como siguieran así de abrazados durante más tiempo, los recuerdos saldrían a flote y la cosa podría complicarse hasta que allí se montara un espectáculo digno de grabar y subirlo a Youtube.
—¿Le conoces, cariño? —preguntó Maggie con los ojos muy abiertos.
—Por supuesto. Es mi compañero de piso. El que siempre está encerrado en su habitación cuando llegas. ¿Y tú?
Maggie miró a Zeta inquisitiva. ¿Se escondía por qué sabía quién era ella? 
Seguramente. 
“¡Cobarde!”.
Lory al escuchar aquello se quedó mirando a Maggie. ¿Sabría ella que Zack era el compañero de piso de Ethan? Por su cara de sorpresa, parecía que no, pero igualmente no le gustaba la situación.
—Nosotras lo conocemos desde el instituto —respondió Lory con un toque de amargura y rencor que nadie notó.
—¡Vaya! El mundo es un pañuelo lleno de mocos.
—Sí, y tú eres la flema verde y pegajosa que está en todo el centro — resopló Lory mirando con atención sus uñas en busca de alguna imperfección en su color melocotón.
Ethan le sacó la lengua de mala gana. No se llevaban muy bien. Lory decía que Ethan era un macarra de gimnasio ligón y sin sentimientos que acabaría haciendo daño a Maggie, y Ethan decía de Lory que era una pija remilgada que solo se fijaba en su apariencia y en la de los demás. Sus discusiones llegaban a ser muy irritantes para ella, pero no iba a dejar a Ethan ni tampoco a alejarse de su mejor amiga. Así que, ¡qué se apañaran con lo que tenían entre manos!
—Usted siempre tan amable, señora marquesa —murmuró Ethan haciendo una reverencia.
—Contigo por supuesto, desarrapado lleno de anabolizantes.
Maggie resopló y Zack se acercó a ella con cautela.
—¿Siempre están así? — Maggie asintió.
—No se soportan.
—Lory ha cambiado tanto. Incluso su carácter es distinto. Parece tan… fuerte — pensó, pero lo dijo en voz alta sin darse cuenta. Menos mal que solo Maggie lo escuchó.
—¿Qué esperabas? ¿Qué después de diez años siguiera siendo la misma chica inocente e idiota que fue en el instituto? —espetó sin que la susodicha se diese cuenta al estar enfrascada en una discusión con Ethan —. Ha luchado mucho para salir ella sola adelante después de que su padre muriera y su madre se quedara prácticamente en estado catatónico. No ha sido fácil para ella en ningún sentido, y todo lo que ves, es lo que ella misma ha construido para que nadie traspase sus barreras.
Zack escuchó impresionado lo que Maggie le decía. No sabía nada de todo eso. Aunque pensándolo mejor, ¿cómo iba a saberlo? 
—…¡por el amor de dios! Maggie, ponle un bozal a tu novio de una vez. Ladra demasiado y al final le dará por morder.
—¡Arpía! No sé cómo Tristán te soporta. ¡Ah, sí! Ya lo sé. He encontrado la respuesta a esa pregunta—murmuró con enfado. Lory esperó la respuesta con paciencia —, porque nunca está en casa para aguantarte. Así yo también te soportaría.
—¡Ethan! —lo reprendió Maggie. Aquello ya comenzaba a pasar de castaño oscuro y no quería que se volviese de un negro imposible de clarear.
La gente del local miraba a aquel grupito como si aquello fuera una cena con espectáculo. Chafardeando una situación que debería ser privada y que se estaba convirtiendo en el entretenimiento de todos los asistentes aquella noche de Sábado en la Ovella negra.
—Por lo menos Tristán trabaja. No como tú que estás todo el día plantado delante de un ordenador —se defendió intentando esconder lo que las palabras de Ethan le provocaron.
—Se llama ser Informático, señora empresaria de éxito.
—¡Parad ya!, joder. Cuando os ponéis así me dan ganas de mandaros a freír espárragos.
—Tranquila, Maggie. Yo ya me iba, paso de estar aquí más tiempo. Te dije que no era buena idea venir —espetó Lory con la cabeza bien alta. Henchida de orgullo —. Que os lo paséis bien. Luego te llamo.

Y sin decir nada más, Lory desapareció de la Ovella Negra caminando con pose altiva, sin ni siquiera haber pedido nada, cabreada y con la sensación de que alguien se la quedaba mirando mientras llevaba a cabo su salida triunfal.



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Melanie Alexander 2014



Melanie Alexander

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