Abre las alas (Serie Arconte #1)

abril 05, 2015


Prólogo



Mi vida era todo lo normal que puede ser una vida cuando a tu lado no hay nadie que sea un referente que te indique lo que debes hacer para avanzar en el duro camino de vivir.
Trabajo todos los días para seguir adelante junto a mi amiga Kayla, viviendo lo más normal que una mujer como yo puede vivir, rodeada de clientes que vuelven una y otra vez a mi tienda gracias a mi desbordante simpatía característica que aprendí a moldear con el paso de los años.
Mi sonrisa lleva grabada en mi rostro sin desaparecer casi desde que tengo memoria. Un efectivo mecanismo de autodefensa que mucha gente cree exasperante.
Hasta para él la mantuve…
Entró en la tienda silencioso, como si fuera un espectro y sus andares fuesen como los de un ninja con la misión de pasar desapercibido. Algo a su alrededor me hizo creer que no era real. No conseguía ver su rostro, estaba cubierto por una capucha oscura que ensombrecía su mirada y apenas pude apreciar nada de él. Alto, seductor…tenía pinta de estar muy bueno y pocos de los que entraban lo estaban, pero su forma de actuar me descolocó.
—Al fin te he encontrado —exclamó. Su voz era misteriosa, suave pero llena de fuerza. Su tono denotaba un conocimiento sobre mí que yo no comprendía.
Sonreí amablemente como habría hecho con cualquier otro cliente y no atisbé que él me correspondiera.
Vuelvo a repetir que fui incapaz de ver sus facciones...
Quizá era uno de esos especímenes de ser humano que venía a dar por saco. No sería la primera vez. Me había encontrado en medio de situaciones extrañas, muchas veces.
Si era un cliente, se comportaba de forma muy rara. Incluso aún pienso que todo fue un sueño.
—¿En qué puedo ayudarle? —pregunté.
Adiviné bajo la capucha una mirada penetrante que se clavó en mis ojos. Creo que su rostro era fino como la porcelana, capaz de quebrarse si se manipulaba demasiado brusco.
Sentí una intensa atracción. No lo comprendía. Mi cuerpo parecía reconocer algo familiar en él, casi como si fuéramos iguales y nos perteneciéramos.
Pensaréis que estoy loca.
Según mucha gente, así es. He aprendido a ignorarlos a todos. Sé perfectamente lo que tengo y lo que soy.
—Ayúdame a encontrar el Cáliz de platino. Tu sangre es la única que puede salvar a nuestra raza.
—¿Perdona?
¿De qué raza hablaba? ¿Cáliz? ¿Eso no era una copa? ¿Estaría borracho?
Estaba alucinando. ¿De nuevo volvía a las andadas?
Mi mente era un atolladero de pensamientos sin sentido que intentaba descifrar lo que ese extraño hombre tan sexy me quería decir.
Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron y no parecía tener ningún tipo de sentido del humor, así que descarté que aquello fuera una broma.
El hombre no respondió a mi pregunta. De un rápido movimiento que fui incapaz de prever, se acercó a mí, y lo último que recuerdo, es como me rodeó con sus fuertes brazos y me llevó con él.


Capítulo 1
¿Resacón en Las Vegas?


La melodía de “Roar” de Katy Perry penetró en mis oídos como si se tratara de una alarma contra incendios repiqueteando en mi cerebro con fuerza, despertándome de mala gana y con un dolor punzante en mi cabeza parecido al de la resaca.
¿Bebí la noche anterior?
Ni siquiera recuerdo cuando me acosté. Muchas veces me ocurría, pero estaba acostumbrada y era un efecto secundario de todo lo que me tomaba para no volver a las andadas.
Perdonad que no me haya presentado.
Mi nombre es Holly Collins —o ese creo que es mi apellido—, y vivo en el 2030 de la Avenida St. Louis de Las Vegas.
Sí, la ciudad del pecado.
¡Me encanta!
Mi vida era de lo más normal, o todo lo normal que podía ser para una persona como yo, pero bueno, eso ahora no importa, porque pienso contaros de cabo a rabo toda mi vida a pesar de que seguro que no os interesa demasiado.
Me levanté de la cama después de que la molesta alarma me arrancara de las profundidades de los sueños. Pocas veces soñaba, pero cuando lo hacía, siempre despertaba con la sensación de que todo lo que me había ocurrido era real.
Consecuencias de estar loca de atar…
Faltaba media hora para marcharme a trabajar. En el 120 de la calle Charleston Boulevard estaba situada mi maravillosa tiendecita: Erotic Pleasure.
Sí. Soy la dueña de un lugar donde el placer es el producto principal y los clientes salen sonrientes gracias a mí.
No, no soy prostituta, hasta eso no llego, pero sí que regento una tienda erótica que me encanta y me hace feliz.
Comencé a trabajar allí con diecisiete años para una mujer llamada Morrigan, la antigua dueña, a la cual echo muchísimos de menos. Hace ya dos años que murió y como no tenía familia heredé su tienda y la mantuve a flote en una ciudad donde prácticamente todo está al alcance del ser humano. Mi sueldo no era muy boyante, pero me daba para vivir con comodidad en mi ático junto a Kayla, mi mejor amiga.
—¡Venga, dormilona! —gritó Kayla desde el otro lado de la puerta.
Abrí los ojos al fin después de resistirme a la tentación y levanté el trasero de la cama. El ático en el que vivíamos tenía unos cien metros cuadrados, y por suerte, un baño en las dos habitaciones que lo componían. Kayla era una tardona, y yo, a veces, también.
Antes de entrar a asearme estiré el edredón negro, puse unos cojines morados sobre la almohada y un osito de peluche que Kayla me regaló hacía unos años. Me encantaba mi habitación.
Cada recoveco era un reflejo de mi estilo. Deslicé las cortinas rojas a un lado y la luz solar bañó la estancia. Las paredes en tonos grisáceos hacían que el sol no fuera molesto. Varios vinilos orientales cubrían las lisas paredes.
Mi habitación era moderna, casi zen, una filosofía que me gustaba aplicar en mi vida.
La puerta del baño estaba a la derecha, justo al lado de un armario empotrado en la pared de madera color nogal que conjuntaba con el resto del mobiliario. Me quité el camisón de dormir de color morado y me quedé desnuda para darme una ducha rápida antes de ir a trabajar.
Esperaba que el agua reactivara mi cuerpo, porque si por mi fuera, volvería al calor de las sábanas.
¡Lo que hay que hacer para sobrevivir!
Cinco minutos más tarde me coloqué ante el espejo desnuda para terminar de arreglarme. Los hombres se fijaban bastante en mí. No quería sonar como una creída, pero por suerte o por desgracia —dependiendo del caso—, era así. Muchos decían que era por mis ojos, otros por mi sedoso y largo pelo. Lo cierto es que ambos se mostraban espectaculares y yo misma me preguntaba una y otra vez si mi madre o mi padre habían tenido los mismos rasgos que yo.
Jamás los conocí.
Saqué del cajón del lavabo mi estuche de maquillaje y apliqué la base y un poquito de colorete. Mi piel era de un tono muy pálido, blanca como la nieve en el invierno y junto con mi pelo rubio casi blanco, parecía una deidad nórdica. Mi pelo era del color en que queda la decoloración llevada a cabo en una peluquería, aunque cuando intentaba demostrar que mi tono de cabello era natural, nadie se lo creía por el hecho de que mis cejas eran de un tono más oscuro. Si hubieran sido exactamente igual que mi pelo, definitivamente se debería a que era albina, pero no.
No me importaba mucho lo que la gente pensara de mí. Era natural, además de largo y liso. Tampoco llevaba extensiones.
Maquillé mis ojos con un poquito de sombra morada y la marca de agua con Khol negro. Eso conseguía hacer que el color de mis ojos fuera todavía más vistoso, morados con destellos grises. Según los médicos, un color muy fuera de lo normal que podía deberse a un gen recesivo de mis padres. Jamás lograría descubrir si eso era así.
Después de terminar pintándome los labios de color rojo, escogí de mi inmenso armario un vestido corto de palabra de honor en azul eléctrico. Me encantaban los colores fuertes y vistosos, también los vestidos cortos. Mostraban las partes que más me gustaban de mi cuerpo: los tatuajes. Obras de arte que daban color a mi blanco cuerpo y no paraba de hacerme uno detrás de otro, a cada cual más vistoso.
Salí después de colocarme una cazadora negra. Kayla me esperaba con un sándwich en sus manos para desayunar por el camino, lista para marcharnos juntas a trabajar.
—Ya era hora. Son las diez, llegamos tarde —murmuró.
—Lo sé, lo sé. No te preocupes.
Aunque fuera la dueña, no me gustaba llegar tarde a mi puesto de trabajo. Suerte que estaba a diez minutos caminando y el camino fue corto.
—¿Qué tal tu cita de ayer?
—¿Cita?
Dejé las llaves sobre el mostrador y giré mi mirada en dirección a Kayla como la niña del exorcista.
¿De qué demonios hablaba? ¿Tuve una cita y yo no me enteré?
—Sí, claro. Ayer vino un tío y te fuiste con él sin avisarme. No me dio tiempo a verlo, me tenías reponiendo género, pero logré ver su cuerpo de espaldas y, déjame decirte una cosa, tenía pinta de estar buenísimo —explicó. Por la mirada que le eché creo que se dio cuenta de que no sabía de qué demonios me estaba hablando.
Supongo que si había pasado la noche con alguien lo recordaría. Pero si bebí cuando me marché de la tienda, podría explicarme a mí misma por qué no lo recordaba. El dolor de cabeza con el que me había levantado perfectamente podría ser obra del alcohol. No solía beber mucho, pero salir por Las Vegas y no hacerlo, era casi como vivir en el polo norte y no tener una chaqueta con la que abrigarse.
—Llegaste a casa bastante tarde —continuó Kayla.
—Pues tía, te juro que no me acuerdo. —Puse una mueca.
Solo recordaba mi extraño sueño. Alguien me sacó de la tienda diciéndome cosas sin sentido que me dejaron boquiabierta. Parecía un loco, y la única conclusión que mi estúpida y loca mente lograba sacar en claro de la explicación de Kayla, era que mi sueño no tenía nada que ver con lo que había hecho en realidad. Así que deseché la opción de que el misterioso hombre con el que tuve la cita, era el mismo que el de mi sueño, ergo estoy más loca de lo que creía.
—Pues que pena. Estaba ansiosa por conocer todos los detalles. —Me guiñó un ojo socarrona.
—Ya sabes que muchas veces no recuerdo ni lo que hago. Siento intriga, pero ¿sabes qué?, paso de todo —sonreí.
Kayla me devolvió la sonrisa. Me admiraba porque a pesar de llevar sobre mis hombros una carga tan pesada, seguía adelante y vivía el día a día al máximo.
La vida constaba de dos días y nadie más que uno mismo podía vivirla, sin reservas, aprovechando hasta el último momento.
Kayla McCabe era la única que lograba comprenderme. Con su metro sesenta de altura y sus curvas de infarto acompañadas por un sedoso pelo castaño, a conjunto con sus ojos, era una chica impresionante capaz de dejar boqueando a quien quisiera con su carácter abierto y lleno de vida.
Ella era la única persona de todas las que había conocido en mi vida que no me juzgó ni rechazó por lo que tenía. Al contrario, me apoyó desde el principio y me brindó su amistad hasta el punto de compartir nuestras vidas
Los clientes comenzaron a entrar en la tienda. En un Sex Shop podías encontrarte de todo. La gente que pasaba la noche de fiesta se acercaba sin dormir hasta mi tienda —la mayoría borrachos, junto a los ligues con los que pasarían una velada de pasión y desenfreno—, y salían con todo tipo de productos que conseguía venderles.
Aunque a más de uno me hubiera gustado darle un buen tortazo en sus caras de babosos, aguantaba como una campeona. En mi rostro siempre se encontraba una sonrisa prefabricada que ya había conseguido que pareciese natural. Después de muchos años de práctica, ese era mi sello de identidad y aunque por dentro quisiera estrangular al capullo que se me ponía por delante, mi sonrisa hablaba por mí, ayudándome a mantener el control.
Cuando finges durante tanto tiempo, tu yo interior se acostumbra a mantenerse al margen. Una bestia habitaba en mí, y para eso, ya tenía un remedio que cada vez me parecía más ineficaz, pero por ahora, funcionaba. A veces…
Salí del mostrador cuando en el cuarto pasillo —el de artículos Bondage—, escuché bastante escándalo. Un hombre de unos cuarenta años jugueteaba con la falda de una joven que no debía tener más de veinte y ambos reían. Pude atisbar la erección del hombre y como ella se resistía a desnudarse allí mismo.
¡Puaj!
A veces desearía poder arrancarme los ojos, por suerte, no era lo peor que me había encontrado en mis seis años como dependienta de la tienda.
—¿Puedo ayudarles en algo? —sonreí con amabilidad. Noté la mirada lasciva que me lanzó el hombre. No hacía falta que hablara para saber que me cambiaría por su bomboncito juvenil si tuviera la oportunidad. Sus ojos estaban puestos en mis pechos y cuando su chica se dio cuenta, me miró con odio.
¡Bah! Estaba acostumbrada a ese tipo de mirada. No me amedrentaban.
La ignoré.
—¿Tienes algo para atar a este bellezón en mi cama? —Le dio un mordisquito en el cuello y la chica rió. Ya no me taladraba con la mirada, satisfecha por volver a ser el centro de atención.
—Por supuesto. —Saqué de la estantería situada a mi lado varios modelos de amarres para las camas, de seda, cuero, nylon…, tenía de todos los tipos.
Los dos los miraban entre risas estruendosas y tuve que apartarme un poco al notar el olor a alcohol que desprendían sus enormes bocazas. Se me hacía insoportable. La chica parecía idiota asintiendo a todo lo que el hombre le decía intentando parecer un sabihondo sobre todo lo relacionado con el sexo.
Tuve que aguantar sus análisis detallados de todo lo que le haría a la mujer una vez la tuviera en su cama mientras se decidían cuál coger.
—Vaya, este es para dos —exclamó—. ¿Te gustaría apuntarte? —me propuso guiñándome un ojo, enseñando a su vez sus amarillentos dientes.
¡Voy a vomitar! Pensé.
Mi cara seguía sonriente cuando contesté:
—No gracias, yo ya estoy servida.
Era mentira, por supuesto. No tenía a nadie en mi vida en ese momento. Me bastaban y me servían los productos que yo misma me administraba para mi propio placer.
¿Para qué acostarse con un hombre? Con los vibradores con más de siete posiciones los orgasmos eran un regalo detrás de otro que jamás se agotaba. Los hombres a duras penas conseguían que tuviera uno, y eso, si eran buenos.
Los vibradores eran el futuro. Además, no te mandan ni tampoco les tienes que hacer la comida, ni te imponen reglas absurdas como si fueras una niña de diez años.
A mis veintidós no había tenido nada más que una relación estable y duró un año. Después de perder mi virginidad con él de forma desastrosa, sin sentir ni pizca de placer, continué un tiempo pensando que la cosa mejoraría, pero no, así que lo dejé. No me aportaba nada y no estaba enamorada. Tuve varias relaciones más y después me decanté por los rollos de una noche. Lo bueno de vivir en Las Vegas era que la gente no se comprometía. Justo lo que yo necesitaba.
—Que pena. Te aseguro que lo habríamos pasado estupendamente. —Volvió a guiñarme el ojo y bufé interiormente.
Mi cara y mi mente decían cosas completamente distintas.
—No lo dudo, señor. Entonces, ¿cuál prefiere? —pregunté para cerrar de una vez por todas la venta.
Al final, después de otros cinco interminables minutos sin ser capaz de decidirse, la chica lo convenció para que se los llevara todos deseosa de tener al fin su noche de placer. Por mí perfecto, más dinero.
Cuando al fin se marcharon, Kayla soltó una carcajada al ver mi expresión. Había sido consciente de toda la conversación y aguantó la risa hasta el final de forma estoica.
—¿Te puedes creer que me ha invitado a hacer un trío? La gente está fatal.
Kayla rió todavía más.
—Trabajas en un Sex Shop, cariño. ¿Qué esperabas?
—Me encanta mi trabajo, es muy divertido, pero odio a los tíos así. ¡Ni que fuera una prostituta!
—¿Quién sabe?, quizá te hubieras divertido —sonrió.
—No tiene gracia —fruncí el ceño, pero sí la tenía.
En los seis años que llevaba trabajando en Erotic Pleasure había visto prácticamente de todo. Con solo diecisiete años ya vendía todo aquello y al principio, hubo una temporada en la que me escandalizaba debido a mi corta edad. Muchas habían sido las ocasiones en las que los clientes se ponían a probar los juguetes en medio de los pasillos, y por supuesto, después de hacerlo, se los llevaban. Además de que el número de proposiciones indecentes que me habían hecho, era más elevado que cuando salía de fiesta. Había acabado por acostumbrarme. Al final, tenía cientos de anécdotas que contar a la gente. Era divertido.
Salí a comer con Kayla cuando cerramos al mediodía. El cielo estaba despejado, sin ninguna nube que lo cubriera y el sol brillaba convirtiéndose en sofocante. Estábamos en marzo y la primavera auguraba un caluroso verano y muchas quemaduras en mi blanco cuerpo.
En el 3655 del sur de Las Vegas Boulevard, se alzaba la torre Eiffel de París convertida en restaurante. Solíamos ir muy a menudo y se comía de fábula. Ese día estaba atestado de turistas, pero como todos los viernes, Richard, nuestro camarero favorito, nos guardó nuestra mesa habitual junto a la ventana en la que se mostraba una estupenda vista de la zona más transitada de Las Vegas, con sus majestuosos hoteles y la fuente que por las noches se llenaba de gente para ver un precioso espectáculo que yo ya sabía de memoria.
—¿Cómo están mis chicas favoritas? Lo de siempre, ¿no? —Richard sacó su libreta de pedidos y nosotras asentimos mientras él apuntaba. Nos apetecía una parrillada de carne. Siempre estaba deliciosa.
Se marchó a por nuestro pedido y observé como Kayla lo seguía con la mirada, mirando su trasero.
—¿Soy yo, o este tío cada día está más bueno? —me preguntó sin dejar de mirarlo—. Debí haber aceptado cuando me pidió una cita. ¿Has visto lo prieto que tiene el culo?
Sonreí. La verdad es que después de mirarlo durante unos segundos, debía darle toda la razón.
—Pues pídeselo tú. Estará encantado —respondí.
Kayla frunció el ceño. Ella era chapada a la antigua en cuanto a citas se refería. Tenía cierto encanto su forma de pensar. Decía que los hombres se lo tenían que currar y dar el primer paso. Ella jamás se lanzaría a pedirle a un hombre de salir. Si de verdad alguien sentía interés, debía demostrarlo.
Mi opinión era completamente distinta.
Yo elegía, no ellos. Resultaba más sencillo y aunque pudiera parecer una buscona, cualquiera no tenía lo que debía tener para que yo lo aceptara. En pleno siglo XXI era libre de tomar mis propias decisiones y si alguien me juzgaba por lo que hacía, básicamente le podían dar por culo.
La libertad era un derecho humano del que yo disfrutaba como quería. La forma en que lo hacía, no tenía por qué ser del interés de nadie. Me molestaba desde que era pequeña la injusticia de que la gente se entretuviera en criticar sin saber. Y todo por pura maldad. El ser humano se divertía criticando, faltando al respeto y metiéndose en la vida de los demás para hacer que sus patéticas vidas dejaran de serlo por un rato, fijándose en las miserias del resto.
—Yo no me voy con nadie si no me invitan —respondió al fin. Vi en su mirada que en realidad le gustaría hacerlo.
Kayla fue criada en una familia católica y su madre le había inculcado a fuego todas esas ideas en la cabeza. Cuando se enteró de que su hija trabajaba conmigo puso el grito en el cielo e incluso llamó a un grupo ultrarreligioso con la intención de cerrarme el chiringuito. Por suerte, la sangre no llegó al río.
Comimos en silencio. Mi mente no dejaba de divagar una y otra vez pensando en ese hombre misterioso, tanto por el de mi sueño, como con el que me había ido la noche anterior. Durante toda la mañana había formado parte de mis pensamientos, sin embargo, no lograba distinguir entre la realidad y la ficción. Todo era demasiado confuso y no me hacía bien imaginarme las cosas en mi cabeza. Uno de mis mayores problemas era la capacidad de mi mente de inventar situaciones que creía como reales.
Recordé que todavía no me había tomado mis pastillas y las saqué del bolso. Kayla no me quitaba el ojo de encima.
—¿No son demasiadas? —preguntó.
Me encogí de hombros. Yo pensaba lo mismo, pero cada vez me aumentaban más la dosis. Cada cierto tiempo dejaban de hacerme efecto y las alucinaciones que tenía desde que tengo memoria, volvían para atormentarme.
Eran mejor las pastillas que volver a pasar por el infierno que pasé con tan solo doce años por culpa de mis últimos padres adoptivos. No estaba dispuesta a repetirlo. Era una mujer fuerte, una superviviente en un mundo donde ciertas cosas seguían siendo tabú, y los humanos, teníamos la extraña manía de utilizar tratamientos agresivos y sin sentido con el propósito de anular a las personas.
Conmigo no lo habían conseguido, lo habían neutralizado, pero era consciente de que en mi interior había algo que no funcionaba bien. Aprendí a vivir con ello. Eso era lo único que me importaba y jamás volvería a darle el placer a nadie de verme destrozada. Mi cara siempre les transmitía una felicidad que en realidad no sentía.
—No puedo hacer otra cosa. Si los médicos dicen que esto me mantendrá controlada, será verdad.
—¿Pero a qué precio, Holly? Últimamente olvidas lo que haces. Ayer te marchaste sin avisar y hace un par de semanas despertaste en Los Ángeles y no sabes ni siquiera por qué fuiste allí. ¿Has leído todas las contraindicaciones de lo que te tomas?
Asentí. Me sabía los malditos prospectos de memoria, al menos eso no lo olvidaba.
—Tranquila Kay. Yo controlo —sonreí.
Restarle importancia no me funcionaba con ella, pero la hacía callar por el momento.
Volvimos al trabajo después de la comida y apenas tuvimos tiempo de entablar conversación. Esa noche había cuatro despedidas de soltero y los amigos de los novios nos tuvieron toda la tarde de arriba para abajo para ayudarles a encontrar los complementos que usarían durante la noche.
Cerramos más tarde de lo habitual, pero era necesario. Habíamos hecho mucha caja y merecía la pena el esfuerzo. Las noches de Las Vegas no eran muy frías, pero al salir a la calle para volver a casa, tuvimos que abrigarnos. La luna llena brillaba y me prendé de su luz mientras caminábamos. Era abrumador, lanzaba destellos por todo el firmamento, acompañada por las estrellas. A veces sentía que podía alcanzarlas. Me encantaría poder surcar los cielos cuando la noche se mostraba así de espléndida y ver la ciudad desde allí. Estaba segura de que sería espectacular visualizar las luces de los hoteles y casinos con vida propia de la ciudad.
Cuando llegamos a nuestro edificio, Kayla rebuscó en su bolso para encontrar las llaves. Alcé la vista hasta nuestro ático y noté una extraña sensación. Nuestra terraza daba a la calle y en ella logré ver una sombra.
Caminé unos pasos hacia atrás para tener mejor perspectiva y entonces lo vi…
Un hombre estaba de pie, mirando al interior de nuestra casa.
A mi habitación, para ser más específica.
Su espalda me resultaba familiar. ¿Lo conocía?
¿Qué cojones hacía un tipo en nuestro balcón?
—Kayla ven aquí. —La llamé en un susurro sin quitar la vista de la figura inmóvil de la terraza.
Quien estuviera intentando entrar en nuestra casa tampoco parecía maniobrar para conseguirlo. Su quietud era sorprendente. Yo misma era incapaz de estar dos segundos enteros quieta como una estatua sin sentir el impulso de al menos mover un dedo.
Kayla no me hacía ni caso, seguía concentrada buscando las llaves entre el desorden de su bolso. Podría hacer como yo, llevarlo todo en los bolsillos, o al menos comprarse un bolso de tamaño normal, no el maletón que se empeñó en comprar en un puesto callejero que medía casi más que ella.
—¡Kay! —la llamé subiendo demasiado el tono.
El hombre pareció percatarse de nuestra presencia. Juro que pude sentir su mirada traspasándome el cuerpo entero. Parecía enfadado, aunque también curioso por mi voz.
No era una chica que me asustara con facilidad, pero ese tío lo consiguió con solo mirarme.
Había algo embriagador en su aura.
¿Qué sabía yo de auras?
—Kayla, hay alguien en nuestra terraza —exclamé llamando al fin su atención.
Logré atisbar una mueca de disgusto en el ser. Le habíamos cortado todo el rollo.
—Está ahí —señalé cuando mi amiga al fin se reunió conmigo. Había conseguido asustarla, pero os prometo que yo lo estaba más.
El nivel de vandalismo en Las Vegas era enorme. Me habían atacado varias veces, pero nunca habían intentado irrumpir en mi propia casa.
Además, ¿cómo había llegado hasta ahí arriba? No había cuerdas que delataran su intrusión atadas a la barandilla, y aunque era un edificio de solo tres pisos además del ático, había como diez metros desde mi terraza hasta el suelo que yo pisaba.
Kayla echó un vistazo y luego me miró.
—Holly, ahí no hay nadie. ¡Por un momento me habías asustado de verdad, capullita!
Volví a alzar la vista y mi amiga tenía razón.
No había nadie.

El hombre había desaparecido sin dejar rastro y la terraza estaba tan oscura como la noche.

Melanie Alexander

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