Soledad

abril 14, 2017



Hay algo que debemos agradecerle a la vida y es abrir los ojos ante situaciones que remueven algo en tu interior.
Estos días ha habido algo que a mí me ha hecho abrirlos todavía más. He estado viendo la serie de la que todo el mundo habla, Por Trece Razones, y a cada capítulo me he sentido más como Hannah.
Sé que mucha gente ni siquiera quiere ver la serie, por razones distintas; unos porque vivieron cosas parecidas y otros porque prefieren no amargarse con esas cosas, sin embargo, yo que he vivido el bullying desde dentro, he querido verla.
Cuando vemos una serie, lo hacemos para salir del mundo real y empaparnos de historias "ficticias", pero una vez entras en el mundo de Hannah Baker, la realidad te da una hostia en toda la cara que te hace espabilar, y si de verdad comprendes la historia y te metes en su piel, te destroza por dentro.
Es duro lo que vive este personaje, pero creo que a mí, lo que me ha resultado más duro, es darme cuenta de que he sentido y aún siento esas sensaciones que nos relata la protagonista en sus cintas.

Ahora con las redes sociales creemos tener una vida social excelente, creemos que estamos acompañados y que tenemos muchísimos amigos. Nos alegramos cuando comentan nuestras publicaciones, cuando te alaban por algo que dices o cuando llamas la atención con cualquier tontería. Yo lo hago mucho, me paso el día metida en las redes, me siento vacía si no lo hago, sin embargo, me he dado cuenta de algo.
Estoy sola.
Sí, puede parecer duro, pero así me siento. El contacto por redes no tiene nada que ver con el humano, todo en algún punto se convierte en FALSO. Nada es lo que parece y nunca terminas de conocer de verdad a esas personas que dicen ser tus amigos.
Cuando alguien pregunta ¿Qué te pasa? Normalmente la respuesta automática es Nada, pero ese nada se convierte en Todo.
Decir nada quizás es una forma de pedir socorro, de demandar ser rescatado de tus propios pensamientos. Nada puede ser un camino oscuro y truculento que te lleve a no ser capaz de mirar más allá. Nada se convierte en los miedos, en no saber cómo afrontar las situaciones. Nada es no poder abrir tu corazón, no ser capaz de decir con palabras sonoras tus preocupaciones.
Nada, al fin y al cabo, es todo.

Que todos esos pensamientos te posean, no quiere decir que no puedas sonreír, una cosa no quita a la otra, pero a veces, escondes las sonrisas. Cuando alguien habla de algo que le entusiasma, yo escucho con emoción, estoy atenta a la conversación y doy mi opinión haciéndole saber a la persona, que me gusta que cuente conmigo para contarme sus cosas. Pero luego llega el momento en el que es al revés, y ves que esa persona, parece estar pensando en otra cosa mientras tú le cuentas tus proyectos con emoción, tus ilusiones, lo que quieres conseguir en la vida...
¿Qué hacer ante esa situación? ¿Discutir? ¿Callar?
Siempre se suele optar por callar.
Lo que no sabe esa persona que ignora, es que poco a poco, destruye ilusiones, implanta barreras y la comunicación se vuelve inexistente. Al final optas por no decir nada, por guardar tus ilusiones para ti mismo y matar un poco de tu propia esencia. Quizá por eso muchos recurrimos a las redes para decir cómo nos sentimos, porque no hay nadie que esté dispuesto a escucharnos o nos comprenda. 
¿Un modo de llamar la atención?
Puede.
En un mundo de millones de personas te sientes invisible. Te ahogas entre la muchedumbre y piensas si de verdad merece la pena vivir una vida que no termina de llenarte en un mundo demasiado imperfecto, y a veces, horroroso.
Guerras, peleas, desprecios... ¿De verdad queremos que ese sea el reflejo que se tenga de los humanos en la posteridad? 
Existe algo llamado empatía, la capacidad de sentir los sentimientos de otra persona, de comprenderlo con solo una mirada, no obstante, más de la mitad de la humanidad carece de ella y eso impide que avancemos como sociedad. Nos destruimos unos a otros, soltamos palabras sin pensar en cómo van a afectar a los demás. Nos miramos nuestro propio ombligo, porque al fin y al cabo tenemos que sobrevivir, pero esa supervivencia jamás debería ser a costa del dolor de los demás, de ignorar que nos pide ayuda para no entrometernos en algo que quizá nos cambie para siempre. 
Ese es el problema.
Puedes pasarte la vida evadiendo las miradas perdidas de la gente, ignorando las súplicas mudas de una persona por ser escuchada, pero a veces, prestar atención a señales que quizá son imperceptibles para otros, salve la vida de una persona.

Hannah Baker fue ignorada y su debilidad la destruyó. Sus súplicas no fueron escuchadas porque nadie observó lo suficiente para comprender que sufría. La juzgaron, se quedaron con rumores y no comprendieron lo que había más allá, ni adultos, ni adolescentes. 
Sí, es una vida ficticia, pero no hace falta irse lejos para mirar a alguien que nos rodee, y de repente comprendas, que esa persona puede convertirse en la próxima Hannah Baker.





Melanie Alexander

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